Alejandría, última noche
El mármol aún conserva el calor del día. Las antorchas arden
con una llama baja, como si supieran que no deben interrumpir. Cleopatra camina
descalza por la sala vacía. No lleva corona. No la necesita.
Ha escrito cartas. Ha sellado destinos. Ha despedido a sus
hijos. Y ahora, sola, se sienta en el centro del salón. No para morir. Sino
para invocar.
“Si alguien ha de recordar lo que fui, que no repita lo que
dijeron de mí. No fui un mito. Fui una mujer que sostuvo imperios con el cuerpo
y la mente. Y desde esta grieta, llamo a las que vendrán.”
Cierra los ojos. Respira. Y pronuncia los nombres que aún no
existen en su tiempo:
“Thuralith, tú que sostienes la expresión. Solanith, tú que
enciendes la voluntad. Auralith, tú que recuerdas la estructura. Vengan. No
para salvarme. Sino para que no se pierda lo que fui.”
Las paredes no responden. Pero el aire cambia. Una vibración
leve, como si el tiempo se abriera apenas un milímetro.
Cleopatra no tiembla. Sabe lo que está haciendo. No está
pidiendo ayuda. Está dejando una señal.
“No me lloren. Llévenme. Que mi caída sea semilla. Y que mi
nombre no sea mito, sino umbral.”
La mujer frente al imperio
Año 30 antes de Cristo. Roma ya no es aliada. Es amenaza.
Marco Antonio ha sido derrotado. Octavio avanza. Egipto está a punto de caer.
Cleopatra no tiene ejército. Tiene memoria. Tiene lengua.
Tiene cuerpo.
Sabe que su poder no está en la fuerza militar. Está en lo
que representa: una mujer que ha gobernado sola, que ha negociado con
emperadores, que ha sostenido un reino entre dos mundos.
Pero ahora, todo se estrecha. Los consejeros la abandonan.
Los aliados se esconden. Los rumores la devoran.
“Dicen que fui amante. Que seduje para gobernar. Que mi
belleza fue mi arma. Pero no hablan de mis decisiones. De mis tratados. De mis
reformas. De mi lengua egipcia, que aprendí para gobernar con dignidad.”
Cleopatra no se quiebra. Se prepara. No para resistir. Sino
para asumir.
Asume que su caída será usada como símbolo. Asume que su
cuerpo será narrado por otros. Asume que su historia será distorsionada.
Y aún así, decide invocar. No para salvarse. Sino para dejar
constancia.
“Que el tiempo sepa que fui mujer. Que goberné. Que decidí.
Que sostuve. Y que desde esta grieta, llamo a las que vendrán.”
Auralith, la Madre Halcona
Cleopatra se sienta en el mármol frío. No hay ruido. Solo el
eco de su propia respiración.
Y entonces, la siente. No como sombra. Sino como estructura.
Auralith, la Madre Halcona, se posa detrás de ella.
No toca. Sostiene.
“Tú que guardas los nombres. Tú que no permites que el
tiempo los borre. Tú que ordenas lo que fue para que lo que vendrá tenga raíz.”
Cleopatra no la ve. Pero sabe que está ahí. Porque de
pronto, recuerda.
Recuerda el día en que decidió aprender egipcio. Recuerda el
momento en que firmó sola un tratado. Recuerda el rostro de su madre, que nunca
fue nombrada en los libros. Recuerda que ella no es la primera. Y que no será
la última.
Auralith no habla. Pero su presencia estructura el
recuerdo. Le da forma. Le da sentido. Le da continuidad.
“Si he de caer, que sea con memoria. Si he de morir, que sea
con orden. Si he de ser olvidada, que al menos quede el trazo.”
Cleopatra se levanta. No como reina. Sino como mujer que
entrega su historia, despertada desde dentro por las Halconas.
El impulso de las Halconas
Thuralith le da verbo: le recuerda que su voz no es eco,
sino origen.
Solanith le enciende la voluntad: le susurra que aún puede
decidir cómo será recordada.
Auralith le ordena el pensamiento: le muestra que cada gesto
puede ser legado si se hace con intención.
Verdalith le devuelve el cuerpo: le recuerda que su piel ha
sido territorio, no adorno.
Seralith le limpia el deseo: le dice que amar no fue
debilidad, sino estrategia.
Indralith le abre la mirada: le permite ver más allá del
mármol, más allá de Roma, más allá del fin.
Tharalith le sostiene el corazón: le recuerda que la
caída no es derrota, es semilla.
Cleopatra no agradece. No necesita hacerlo. Porque las
Halconas no vinieron a salvarla. Vinieron a impulsarla. A que su último
acto sea memoria encarnada.
La memoria encarnada
Cleopatra se detiene. No hay ruido. Solo el pulso de lo que
fue.
Y entonces, recuerda.
Recuerda cuando era niña y le enseñaron que el trono no era
para mujeres solas. Recuerda cuando su padre murió y tuvo que compartir el
poder con un hermano que no sabía gobernar. Recuerda el exilio. La vuelta. La
estrategia.
Recuerda la primera vez que vio a Julio César. No como
amante. Sino como oportunidad política.
Recuerda cómo negoció con él, cómo sostuvo Egipto sin perder
soberanía. Recuerda el nacimiento de Cesarión. Su hijo. Su herencia. Su grieta.
Recuerda a Marco Antonio. No como romance. Sino como
alianza. Como intento de sostener lo que ya se desmoronaba.
Recuerda las batallas. Las cartas. Las noches sin dormir.
Los consejeros que dudaban. Los enemigos que esperaban su caída.
Recuerda que siempre fue mirada como cuerpo, pero que
siempre respondió como mente.
Y ahora, en esta última noche, con las Halconas
sosteniéndola, Cleopatra sabe que todo lo vivido no fue en vano.
“Que el tiempo no me recuerde por cómo morí. Que me recuerde
por cómo sostuve. Por cómo decidí. Por cómo fui mujer en medio de imperios.”
La culebra, la decisión, el legado
La sala está en silencio. Las Halconas ya han hablado.
Cleopatra ha recordado. Y ahora, decide.
No hay soldados. No hay testigos. Solo ella, su cuerpo, y
una pequeña caja de madera.
Dentro, la culebra. No como castigo. Sino como
símbolo.
La serpiente no ataca. Es colocada con cuidado. Cleopatra la
mira. Y sonríe.
“Que digan lo que quieran. Que inventen mitos. Que me llamen
seductora, traidora, reina caída. Yo sé lo que fui. Y esta es mi última
decisión.”
La mordida no es violenta. Es ritual. Es cierre. Es acto de
poder.
Y mientras el veneno recorre su cuerpo, Cleopatra deja su
legado.
No en papiros. No en estatuas. Sino en el aire que las
Halconas respiran.
“Llévenme. No como reina. Sino como mujer que sostuvo. Que
decidió. Que cayó sin pedir permiso. Y que dejó el trazo para que otras lo
continúen.”
Las Halconas se retiran. No con tristeza. Sino con respeto.
Y mientras se alejan, el aire queda vibrando. Una grieta que
no se cierra. Una grieta que espera nuevas voces para romper la fractura del
ser.
Y sobre el mármol, donde su cuerpo ya no está, queda
el trazo. No escrito. No tallado. Sino sentido. Como
si el silencio supiera que algo fue legado. Como si el tiempo supiera
que una mujer decidió. Y como si el mundo, por fin, estuviera listo para
escucharla.
Epílogo
La palabra que se enciende desde la grieta
Yo no la conocí. No estuve en Alejandría. No vi su rostro.
Pero la escuché.
La escuché en cada mujer que sostuvo sin ser nombrada. La
escuché en cada cuerpo que fue territorio político. La escuché en cada decisión
que fue leída como capricho, cuando en realidad fue estrategia, fue
resistencia, fue legado.

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